8/7/17

VENERABLE JOSEFA CAMPOS TALAMANTES


La M. Josefa Campos, cuyo proceso de beatificación sigue adelante, quiso vivir el carisma mínimo desde su juventud, emitiendo sus promesas en la Fraternidad Mínima Seglar de su Alaquàs natal, tal y como nos informa D. Francisco Martínez Peiró que nos remite las siguientes fotos del libro de actas de la fraternidad. 



Con quince años era tal ya su vida de piedad y devoción que se unió a la familia mínima como seglar el 1 de Mayo de 1887. Una vez más en su historia, la Orden Seglar Mínima, se convierte en semillero de grandes santos y santas fundadores de nuevas familias religiosas en la Iglesia. 

ORACIÓN (para uso privado)
Padre nuestro, te damos gracias por el amor con que amaste a tu hija JOSEFA CAMPOS TALAMANTES. El Espíritu de Cristo Resucitado animó fuertemente su vida entregada a la Iglesia en la misión de la catequesis. Queremos, Padre, que su testimonio nos ayude a vivir en profundidad nuestra fe y que su vida de santidad sea reconocida en la tierra.
Concédenos por su intercesión, la gracia que hoy te pedimos, para tu gloria y nuestro bien. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén. 
(Padre nuestro)

Para más información sobre nuestra hermana mínima les remitimos al decreto sobre sus virtudes extractado a continuación:


CONGREGACIÓN PARA LAS CAUSAS DE LOS SANTOS
CAUSA DE BEATIFICACIÓN Y CANONIZACIÓN DE LA SIERVA DE DIOS 
JOSEFA CAMPOS TALAMANTES 
FUNDADORA DE LA CONGREGACIÓN DE LAS RELIGIOSAS OPERARIAS 
CATEQUISTAS DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES
(1872-1950)

DECRETO SOBRE LAS VIRTUDES

"Toma al niño y nútrelo para mí" (Ex 2, 9).

Estas palabras fueron la razón del apostolado de la Sierva de Dios Josefa Campos Talamantes, que, en tiempos difíciles para la iglesia española, entendió que el Señor le pedía que se entregara a la educación cristiana de los niños y de los jóvenes, especialmente por medio de la enseñanza de la doctrina cristiana. Fiel a su vocación, se implicó diligentemente en la misión de la misma Iglesia, que, "en el cumplimiento de su función de educar, se preocupa de todos los medios aptos, sobre todo de los que le son propios, el primero de los cuales es la instrucción catequética, que ilumina y robustece la fe, alimenta la vida según el espíritu de Cristo, conduce a una participación consciente y activa del misterio litúrgico y estimula a la acción apostólica" (CONC. ECUM. VAT. II, Declaración sobre la educación cristiana Gravissimum)

La Sierva de Dios nació el 21 de enero de 1872 en un pueblo de España llamado en la lengua vernácula Alaquàs, cercano a Valencia. Era hija legítima de los esposos Francisco Campos Barberá y Mariana Talamantes Sena, obreros de condición humilde y cristianos sinceros. En la fuente bautismal recibió los nombres de Josefa Inés y formó parte del pueblo de la Nueva Alianza, al que después tenía que prestar grandes servicios con su apostolado y con el testimonio de su vida de santidad. Ya desde la niñez destacó por su inclinación a la piedad y por su deseo de servir al prójimo.

La naturaleza la dotó de un carácter bueno, que se fue perfeccionando gracias a los diligentes cuidados y ejemplos de una madre excelente y a la educación de una maestra piadosa y docta.

Era todavía una niña, cuando la Sierva de Dios sintió el deseo de unirse más íntimamente al Señor. A los diecisiete años ingresó en el Instituto de las Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la Caridad. Cinco años después, afectada de un dolor agudo, tuvo que regresar a su casa, a ver si de este modo recuperaba la salud. Cuando le pareció que ya se encontraba bien, intentó ingresar en las Oblatas del Santísimo Sacramento, pero la Fundadora de esta Congregación le dijo que el Señor la destinaba para otras cosas. Esto no obstante, continuó con su propósito de alimentar su vocación de consagrarse al Señor y de robustecerla mediante el ejercicio de las virtudes cristianas y en especial de una fervorosa piedad eucarística. Su perseverancia alcanzó al fin el merecido premio.

Ocurrió que en el año 1907 se fundó en la parroquia del pueblo de Alaquàs la Asociación de las Hijas de María, de la que fue nombrada presidenta la Sierva de Dios. Junto a sus compañeras, y rebosante de fervor, se entregó totalmente a las obras de caridad y de apostolado. Con un entusiasmo inusitado y con gran ardor de espíritu puso todo su empeño en la enseñanza del catecismo, tanto que, animada por su director espiritual, el P. Bernardino María de Alacuás, extendió su actividad catequética a otras parroquias. Para ello se rodeó de otras jóvenes ayudantes, a las cuales preparaba ella misma, a fin de que estuvieran en mejores condiciones de cumplir eficazmente esta tarea. De este modo llevó a efecto con este grupo de maestras de la doctrina cristiana lo que más tarde dispondría el Sumo Pontífice Pío X en su Carta Encíclica «Acerbo Nimis». La obra comenzada quedó consolidada y en el año 1909 nació la Asociación de las Cate- quistas de la Virgen de los Dolores, cuyo fin principal era la enseñanza del cate- cismo a los niños. Las jóvenes asociadas se dividían en dos clases: las que vivían en comunidad y las que, permaneciendo con sus familias, seguían los consejos de la Obra.

La Asociación, -dirigida sabiamente por la Sierva de Dios en la pobreza, el sacrificio, las dificultades y la oposición- apoyada por el Arzobispo de Valencia y el Nuncio Apostólico; y eficazmente ayudada por el Siervo de Dios José Bau Burguet, sacerdote diocesano-, fue creciendo y extendiendo su acción al cuidado y educación de las niñas huérfanas y pobres. El día 25 de enero de 1925 obtuvo la erección canónica del Arzobispo D. Prudencio Melo y Alcalde. La nueva Familia de vida consagrada, llamada hoy Congregación de Religiosas Operarías Catequistas de Nuestra Señora de los Dolores, fue dirigida desde el principio por la Fundadora misma, la cual, el día 14 de abril del mismo año, emitió, junto con treinta asociadas, sus votos temporales, tomó el nombre de Josefa de la Virgen de los Dolores y fue elegida Superiora General. Transcurrido un trienio, hizo la profesión perpetua al mismo tiempo que sus consejeras.

Los frutos del apostolado del nuevo Instituto fueron abundantes, hasta que sobrevino la tempestad de la guerra civil española. Ésta motivó la dispersión y ocasionó a la comunidad de la Sierva de Dios graves daños. Vuelta la paz, salió inmediatamente la Sierva de Dios del lugar donde se hallaba escondida y se entregó resueltamente a reanudar la vida en comunidad y la observancia de la Regla; a reconstruir las casas devastadas y a reavivar y aumentar las obras de apostolado.

Fue así como se entregó al bien de la Iglesia, al de su Congregación y al de las almas. Vivió según los postulados de su consagración y desempeñó con fervor la tarea que la Providencia le había confiado. Cultivó las virtudes cristianas con diligencia, perseverancia y alegría espiritual. Con la ayuda de Dios progresó constantemente en el camino de la santidad. Ya desde su juventud la luz de su vida fue la fe. Creyó firmemente en Dios y en su palabra. A Él se confió total- mente. No deseó otra cosa sino anunciarle y hacer que fuese amado por sus compañeras y hermanas, por los niños, por la juventud y por cuantos a ella se acercaban. 

Para propagar la fe creó una nueva Congregación e, incansable obrera de la viña del Señor, soportó toda clase de trabajos y dificultades por el crecimiento del Reino de Dios. Se esforzó por reproducir en sí misma los rasgos de Jesús, alimentando su unión con Él mediante la obediencia a la voluntad divina, la huida del pecado, la práctica de la liturgia y de la meditación, la oración, su especial devoción al Corazón de Jesús, a la Eucaristía, a la Virgen de los Dolores. Permaneció unida a Jesús además mediante las mismas obras de apos- tolado. Amó a Dios con toda su alma y con todo su corazón. Por amor a Dios practicó las obras de misericordia espirituales y corporales. Fue especialmente diligente en buscar el bien de su comunidad, el de los pobres, de los huérfanos, de los afligidos y de los enfermos. 

Perdonó de corazón a cuantos la habían ultrajado y ofendido. Rigió con amabilidad y también con firmeza a sus hijas espirituales en el servicio de Dios y de las almas y alimentó incesantemente en sus corazones el fuego de la caridad. Fue prudente al usar los medios conducentes a la perfección cristiana. Lo fue en el apostolado y en el gobierno de su Instituto, en sus relaciones con las autoridades eclesiásticas y civiles. Pedía consejo de buen grado, no sólo a sus superiores, sino también a sus hermanas. Practicó la virtud de la justicia respecto a Dios y al prójimo. Ejercitó la fortaleza, tanto en el seguimiento de Cristo, como en hacer frente a las dificultades. Practicó la templanza en el uso de los bienes terrenos. Observó la Regla y los votos religiosos, dando constantes ejemplos de amor a la pobreza, a la obediencia y a la castidad. Brilló por la virtud de la humildad, rehuyó los honores, soportó con ánimo sereno las contrariedades y adversidades. Confió en la Divina Providencia. Su constante serenidad no era sólo un don de su naturaleza, sino también señal de la entrega de su espíritu en las manos de Dios, en quien había puesto toda su esperanza. Soportó con paciencia las enfermedades que la afectaron durante los últimos años de su vida, preparándose así, de modo diligente, para entrar en la eternidad con la lámpara encendida.

Amada y venerada por su Congregación y por el pueblo, se durmió en el Señor el día 30 de junio del año santo jubilar 1950.

La fama de santidad con que brilló en vida la acompañó también después de su muerte. Esto hizo que el Arzobispo de Valencia, el año 1963, iniciara su causa de beatificación y canonización, mediante la celebración del proceso ordinario informativo, al que siguió el proceso adicional, instruido ante la misma Curia durante los años 1983-1985. La autoridad y validez de estas investigaciones canónicas fue reconocida por la Congregación para las Causas de los Santos por decreto de 12 de febrero de 1986. Confeccionada la Posición, se sometió a discusión, a tenor de las normas, si la Sierva de Dios cultivó las virtudes al modo de los héroes o no. El 9 de marzo de 1997 los Consultores Teólogos, reunidos en Congreso especial, contestaron afirmativamente. Después, los Padres Cardenales y Obispos, en la Sesión Ordinaria celebrada el día 15 de diciembre de 1998, siendo Ponente de la Causa el Eminentísimo Señor Cardenal Alfonso López Trujillo, afirmaron que la Sierva de Dios Josefa Campos Talamantes ejercitó como corresponde a los héroes las virtudes teologales, las cardinales y las a éstas anejas.

Finalmente, y después de haber hecho el Prefecto que suscribe una detallada relación de lodo esto al Sumo Pontífice Juan Pablo II, Su Santidad, recibidos y ratificados los votos de la Congregación para las Causas de los Santos, mandó que se redactara el decreto sobre las virtudes heroicas de la Sierva de Dios.

Hecho lo cual en la forma debida, convocados ante Sí en el día de hoy el infrascrito Prefecto, el Cardenal Ponente de la Causa, yo, el Obispo Secretario de la Congregación, y todos los demás que se acostumbra a convocar, y presentes todos, el Santísimo Padre declaró solemnemente: Que consta en el caso y para el efecto del que se trata, de las virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad para con Dios y con el prójimo; así como de las cardinales Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza y las anejas a éstas, en grado heroico, de la Sierva de Dios Josefa Campos Talamantes, Fundadora de la Congregación de las Religiosas Operarías Catequistas de Nuestra Señora de los Dolores.
El Sumo Pontífice mandó además que este decreto se hiciera de derecho público y que quedara constancia de él en las Actas de la Congregación para las Causas de los Santos.

Dado en Roma, el día 21 de diciembre del año del Señor 1998.

JOSÉ SARAIVA MARTINS

Arzobispo titular Thuburnicense Prefecto

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